lunes, 25 de octubre de 2010

TESTIMONIOS

Expertos estiman que en Tijuana hay unos 120 mil adictos a diferentes drogas, principalmente a las sintéticas o derivadas de las metanfetaminas.
A los cuatro los trajo el miedo a “la malilla” -como ellos le llaman a las alucinaciones-, a la psicosis, a la paranoia, a la celotipia, al desgaste, a la decadencia. Sus propios fantasmas los acompañaron de la mano a pedir ayuda al Centro de Integración Juvenil. Un pandillero, un albañil, una “pollera” y una estudiante de secundaria. Todos jóvenes y víctimas de un fenómeno que comenzó hace 10 años en Tijuana y que corre a toda velocidad por el país: el uso de metanfetaminas.
Ellas llegaron con pantalones talla cero que les quedaban grandes, ellos con 10 kilos menos y miles de noches en vela que los dejaron con ojeras y sin cabello. Viven en una ciudad en la que los delitos –en su mayoría- están relacionados con dos tipos de metanfetaminas: Cristal y Ice.
El relato de Tania comienza con una escena: A la izquierda, el muro que divide a México de Estados Unidos y la derecha alrededor de doce niños y jóvenes inyectándose heroína. Al frente, su hermana sin cabello, desnuda y con una botella rota en la mano disponible para “romper madres”.
El cuadro fue “impactante”. Así que ese día decidió separarse de la decadencia. Apretó los dólares arrugados y mojados que tenía en la mano, se dio un toque de marihuana y corrió hacia en el centro de rehabilitación, lo hizo duro y ni siquiera la oferta que le hizo su novio de un jalón de Ice “del bueno”, le interrumpió el paso.
“Es denigrante. Mi hermana está loca y me da pavor terminar así”. Su hermana y ella han consumido metanfetaminas por años, la primera por 17 y ella por seis. Su relación con las drogas comenzó desde niñas, pero a su hermana le afectaron más porque “ella le cocinaba a mi papá las metanfetaminas en su negocio clandestino en San Diego, California”, dice.
Tania a sus 20 años le teme a la locura. “El día que comencé a alucinar con niños que me atacaban, después de tomarme 10 rivotriles y meterme seis dosis de Ice preferí cortarme las venas antes de saberme loca”. Esa noche la rescataron sus compañeros de adicciones, que abundaban, pues ella les mantuvo el vicio a decenas.
Su itinerario fiel de lunes a jueves fueron seis dosis de Ice, viernes y sábado alcohol y cocaína; los domingos sólo marihuana para dormir una de las siete noches de la semana, porque las otras seis noches las pasaba cruzando migrantes por un túnel ubicado en el bordo de Tijuana, por lo que cobraba mil dólares diarios. Su trabajo de “pollera” le dio no sólo para sus drogas, también para comprarse compañeros de adicción, un novio drogadicto, dos coches, 5 mil pesos diarios en metanfetaminas y miles de noches de hotel en el Gran Hotel de Tijuana.
Para ella fueron seis años de noches de juego, nunca las vio peligrosas, conoce el bordo, sabe que a los flacos se les pasa por el túnel y a los gordos por otro lado porque no caben por los barrotes. Sus patrones cobraban 2 mil 800 dólares por manada de ilegales, pero a ella le tocaban mil, así llevara seis, 11 ó 23.
“Mi trabajo era guiarlos, lo que implicaba ir alerta, no tenían que hacer ruido porque arriba de los túneles hay censores que detectan los ruidos, tenía que poner suéteres en las franjas de arena para no dejar huellas y constatarme de que la Policía no nos seguía. Siempre lo hice drogada, al llegar todos poníamos cara de felicidad: Ellos porque tocaban su sueño y yo porque pensaba en mi nueva dosis”, dice.
De acuerdo con Héctor Acosta, director de la unidad de internamiento del Centro de Integración Juvenil de Tijuana, las metanfetaminas son fuertemente adictivas y pueden generar estados de alerta desde la primera dosis.
“Los consumidores no duermen por varias noches, tampoco comen, tienen ideas de que la gente habla mal de ellos o les quiere hacer daño, muchos trabajan bajo los efectos de esta droga y otros roban o cometen homicidios, pueden ser muy peligrosos”, dice.
Por su parte, el antropólogo Víctor Clark Alfaro e investigador del fenómeno de la delincuencia y director del Centro Binacional de Derechos Humanos (CBDH) ha declarado que se estima que en Tijuana ya hay unos 120 mil adictos a diferentes drogas, principalmente a las sintéticas o derivadas de las metanfetaminas, que adquieren en unas 20 mil “tienditas” -distribuidas en las mil 300 colonias existentes en la ciudad- dedicadas al narcomenudeo.
Julio, un adicto con banda
A Julio esa cifra le consta. “En mi calle hay cinco conectas”, así le llama a las “narcotienditas”. Julio tiene 20 años y pertenece a la pandilla 33 del área 245 de Tijuana.
De sus cuatro hermanos, uno está en la cárcel por robar durante una “malilla”, a otro lo mataron en una riña de bandas, después de haber fumado Cristal toda la noche y los otros dos se casaron y tienen hijos.
Su cuello, sus brazos, su espalda, sus piernas y sus hombros están tatuados. En su cuello reposan dos nombres: Antony y Desteny, sus dos hijos. Son los únicos tatuajes que no se hizo por la pandilla a la que pertenece.
Su hogar durante años fue un automóvil desmantelado y abandonado en el bordo, frente al muro divisor. “Ahí me hice realmente adicto al Cristal”. A veces le robaba las llaves de la casa a su mamá y después de ver las caricaturas y alucinar que era uno de los dibujos animados, se bañaba, eso sí, con todas las puertas cerradas porque en su imaginación siempre había personas que lo seguían con un cuchillo.
Al salir de la ducha mensual, se jalaba la televisión, la licuadora, lo que su mano alcanzara. “Mantuve mis drogas de negocios sucios, robos y favores de los de mi banda 33”, dice.
Tiene ocho semanas en recuperación y la única vez que quiso salir corriendo del centro fue cuando una sobrina lo fue a visitar para decirle que su ex esposa vivía con su primo.
Los dibujos de una niña
Yo no soy de Tijuana, Tijuana es mío. A sus 14 años, Yessica presume de haber grafiteado todos los barrios de Tijuana y de darse a conocer por eso. Durante tres meses se dedicó religiosamente a fumar Cristal, dormir una hora por noche y a salir cargada de aerosoles a poner color a la ciudad.
“En mi casa siempre había focos nuevos, pero mi mamá nunca se daba cuenta, ahí preparaba la metanfetamina en forma de cristales para fumarla”. De siete a siete cerraba todas las puertas y ventanas, sacaba a su hermanito de cinco años de la recámara y comenzaba a inflar sus pulmones con el humo que inhalaba del foco.
Los primeros jalones le hacían sentir muy bien, le devolvían el alma la cuerpo, no sentía hambre, ni sueño, tampoco ansiedad, se llenaba de energía, pero entonces comenzaban las consecuencias, con el estado de hiperalerta los monstruos salían, los gatos de su mamá se convertían en fieras que querían atacarla mientras se bañaba, las personas que pasaban por su ventana querían matarla, cuando su hermano le pedía de comer, lo corría y golpeaba.
Sin saberlo, su papá le mantuvo el vicio a Yessica. Cada dosis le costaba 50 pesos. Su papá también ignoraba que la niña no sólo no iba a la escuela sino que se había convertido en una drogadicta que temblaba de desesperación cada vez que fumaba al lado de sus dos inseparables amigas, sólo porque éstas se tardaban segundos eternos con el foco en la boca.
“Eran sucias y grandes, bueno tenían 16 años. Siempre andaban sin bañarse en la esquina de mi calle robando para conseguir dinero. Decían incoherencias, echaban pleito y se le iban encima a la gente, además se veían feas, flacas y mugrosas”.
El último verano fue trágico para Yessica, la corrieron de la secundaria, perdió 10 kilos, fue testigo de cientos de robos y le dejó la visita de un niño que sólo existe en su imaginación.
Celotipia, la realidad de Alejandro
Al mundo de las metanfetaminas lo llevaron sus compañeros de trabajo, Alejandro trabajaba de albañil en una construcción donde un “dealer” vendía en abonos los cristales, por lo menos a 150 de los 300 albañiles que trabajan ahí. “Todos fumaban antes para tener energía para revolver la mezcla”, dice.
De sus 29 años, siete los pasó con seis cristales encima, vigilando por lo menos mil noches seguidas una puerta negra. Sentía que mi esposa me engañaba y esperaba a que alguien la cruzara, un hombre, para matarlos a los dos, pero nunca llegó nadie en tres años seguidos.
La oscuridad de la noche fue su mejor aliada para esconderse todas las madrugadas dentro de un automóvil negro desde donde hacía dos cosas: fumar cristal y abrir los ojos lo más grande que podía para no perder detalle, en cuanto amanecía regresaba como si hubiera ido a trabajar.
Pero ni a la puerta llegó ningún hombre para verificar la infidelidad de su esposa ni tampoco el “dealer” era tan buena persona por la venta en abonos. “Le dejaba la mitad de mi sueldo todos los viernes cuando pasaba a cobrarnos. Mi esposa me aguantó todo, golpes, celos y hasta golpes a nuestro hijo de cinco años”, narra.
Se arrepiente de pegarles, “además ni se lo merecían, siempre lo hice por mis suposiciones irracionales”. A la rehabilitación lo trajo el miedo de perderlos para siempre y que se cumplieran las amenazas de su mujer de irse al otro lado a trabajar por no aguantar más golpes, pobreza y un marido que fue enloqueciendo cada vez que Cristal entraba a su cuerpo.
Raúl Palacios es especialista en adicciones y director del Centro de Integración Juvenil de Tijuana. Nueve de cada diez de sus pacientes son usuarios de metanfetaminas. “Desde hace cinco años recibimos pacientes con un daño grave ocasionado por el uso de Cristal y Ice, como se le conoce a las metanfetaminas”, dice.
Explica que Yessica y Alejandro son afortunados de estar en el Centro de entrada por salida, pues aunque uno tenga siete años consumiéndolas y otra tres meses, el daño sicológico aún es controlable, situación que no ocurre con la mayoría de los usuarios en recuperación pues un 80% se interna en el mismo centro y un 10% va directo al hospital siquiátrico de Tijuana.
Los cuatro jóvenes han subido un kilo por semana de tratamiento, que dura 10 en el internado y 10 más en la terapia de día. Como parte de su tratamiento, 60% de los adictos sufre recaídas, pero ellos cuatro juran que no quieren volver a ese mundo de horror, sus mentes no aguantan más pensamientos que dan miedo.
Aunque el equipo de 32 especialistas del Centro de Integración no se frustra, sabe que los adictos caerán como parte de su recuperación y que por lo menos 240 de los 250 jóvenes que atenderán este año, tendrán daños mentales por su consumo de metanfetaminas.
La mayoría de ellos tardó entre tres y cinco años para tratarse. Aunque fueron adictos a otras sustancias, las consecuencias del uso de metanfetaminas fueron las que los llevaron a pedir ayuda.
“Lo más preocupante es que hoy las metanfetaminas están siendo usadas como drogas de inicio entre los adolescentes. Hay una baja percepción del daño”, dice Raúl Acosta.
Testimonios
A continuación los testimonios de cuatro jóvenes adictos:
“El día que comencé a alucinar con niños que me atacaban, después de tomarme 10 rivotriles y meterme seis dosis de Ice preferí cortarme las venas antes de saberme loca”.
Tania
“Mantuve mis drogas de negocios sucios, robos y favores de los de mi banda 33”.
Julio
“En mi casa siempre había focos nuevos, pero mi mamá nunca se daba cuenta, ahí preparaba la metanfetamina en forma de cristales para fumarla”.
Yessica
Mi esposa me aguantó todo, golpes, celos y hasta golpes a nuestro hijo de cinco años”.
Alejando